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CHESTER BENNINGTON y el “Fenómeno Cobain”

Para el mundo de la música y específicamente del rock, lo que debía ser una celebración en ocasión del día del amigo se vio eclipsado por una tragedia que hasta el día de hoy se siente mentira.

A los 20 días del mes de julio Chester Charles Bennington, cantante y frontman de la banda Linkin Park fue encontrado muerto en lo que aparentaba ser, y luego se confirmaría, como un suicidio.

En los días siguientes, las redes sociales se vieron colmadas de tributos, reuniones, homenajes y catarsis de integrantes de bandas que conocían a Chester, de seguidores de Linkin Park, de fans no muy distintos a vos o a mí. El duelo se sigue percibiendo; las canciones de LP resuenan más que nunca, como si paradójica e irónicamente los discos “Hybrid Theory” y “Meteora” (estos dos sobre todo) hubieran resucitado. Pero un día me pregunté, ¿qué será esta necesidad de escuchar canciones de Linkin Park ahora que uno de sus pilares nos arrebató su vida? ¿Será por morbo? ¿Será porque creemos poder escuchar con mejor atención y más sensibilidad las letras de Chester? ¿Será porque (a riesgo de sonar ridículamente cliché) tendemos a valorar lo que teníamos cuando deja de existir?

La mitad de mis contactos de Facebook son personas que están inmersos en el mundo de la música, ya sea como amantes de ella, como ejecutantes de instrumentos, como miembros de bandas o en algún “in between” de estos ejemplos. En sus publicaciones se dejaba ver que todos conocen a Linkin Park. Incluso, con un amigo en particular con el que tocamos en la misma banda nos torturamos pasándonos temas de LP hasta ahora; al punto de que hace 30 minutos le compartí un conjunto de bloopers en vivo de la banda, posta.

Mientras escucho “Meteora” (disco que he tratado de evitar desde lo sucedido), escribo estas líneas percibiendo una similitud difícil de comprobar. Para empezar de alguna manera: nací en el año 1994, 3 meses después de que el cantante y guitarrista de una banda llamada Nirvana se quitaría la vida un 5 de abril. Aquella tragedia protagonizada por Kurt Cobain, de a poco se convirtió en un antes y después en la historia de la música. La década de los 90 se ganó un ícono, una figura inmortal, un estilo de música que trascendería a fronteras insospechadas. El grunge nirvanero contagiaría el espíritu adolescente de cualquier generación, siendo algo así como el soundtrack del umbral entre niños y adultos.

Al mantener una relación no heredada con el rock internacional, nunca dejé de ver a Kurt Cobain como una figura de culto, de marketing, como una leyenda a la altura del Che, de los Rolling Stones, como la remera imprescindible en cualquier rockería de cualquier parte del mundo. Pero, yo no viví la tragedia de Cobain; no viví para presenciar cómo un ídolo, un referente tan divinizado hoy, pasó a ser inmortal muriendo.

¿Por qué estoy hablando de Linkin Park y de la nada paso a Nirvana? Simple. Hace días hablando con una amiga le comentaba que cuando era más chico, como muchos, descargaba canciones del Ares (los old school sabrán) y grababa algunas en CDs vírgenes, las playlist de los años 2000. Para corroborarme busqué entre mis cosas una vieja compilación grabada en un CD Teltron que tenía escrito encima “Rock internacional 2008”. Ni puta idea de por qué el puse el año, pero menos mal, porque así sé que tenía 14 años cuando la hice. Y efectivamente, mezclada entre canciones de Sum 41, Simple Plan, Good Charlotte y otras, se encontraba la imprescindible ‘Given Up’. Automáticamente los recuerdos de un viejo yo encerrado en su pieza intentando gritar como ese chabón del cual no conocía nada, se elevaban como en gravedad 0.

Me dije “esta fue mi adolescencia”. Y llegaron más imágenes. Descubriendo ‘Breaking the Habit’, ‘What I’ve Done’, ‘Bleed It Out’ o la eterna ‘Faint’. Así caí en la cuenta de que mi generación tenía a Linkin Park para canalizarse a sí misma, de la manera en la que Nirvana cumplía hace 23 años el mismo rol.

Lo extraño se presenta con la similitud de circunstancias: suicidio a causa de drogas, alcohol y depresión; traducción fáctica de “el éxito no es igual a felicidad”. Salvando las inmensas diferencias (como la edad de ambos protagonistas de este texto o la extensión de su catálogo musical), ambos representan a una generación que los necesitaba, desde el grunge o desde el nu metal (géneros que no se pueden mencionar sin nombrar a Nirvana y LP), desde lo crudo y melodramático de sus letras, desde la empatía que tan mágicamente generaban con un público hambriento de ella, desde ser aquellas bandas que sentíamos que nos escuchaban, que parecían entendernos y decían exactamente lo que queríamos expresar. A esto se le agrega la innovación de sus respectivas búsquedas musicales, siendo el grunge y el nu metal incursiones con personalidad, con un peso importante para su contexto.

Antes de la muerte de Chester Bennington, estuve a cargo de hacer un review escrita sobre el más reciente disco de Linkin Park: “One More Light”. En ella no pude pasar por alto las repercusiones del primer single ‘Heavy’ y lo que eso le significó a la banda de parte de fans que anhelan (y lo harán para siempre) otro “Hybrid Theory”, rodeando a LP de una atmósfera de odio y resentimiento menos crítica que coherente. El enojo se concentraba en señalar que Linkin Park llegó a hacer música pop, lenta, relajada, melosa, melodrámatica y poco estimulante. Más allá de que esto sea bastante cierto, me aferro a pensar que no ocurrió porque si. De hecho, el “germen” de lo melancólico y las canciones lentas se denotan a lo largo de toda la discografía de la banda, pasando por ‘My December’ (del disco “Hybrid Theory”), ‘Easier to Run’ (de “Meteora”), ‘Shadow of the Day’ (“Minutes to Midnight”), ‘Iridiscent’ (de “A Thousand Suns”), ‘Powerless’ (“Living Things”) y ‘Drawbar’ (“The Hunting Party”).

Las pruebas están ahí, la búsqueda de Linkin Park siempre fue legítima. Pero no, el enojo llegó a tal punto que un recital en el que la banda se encontraba ejecutando la canción ‘Heavy’, un grupo de personas le tiraban vasos y cosas a Chester acompañado de abucheos y gritos poco amables. Dicho sea de paso, no quisiera ser la consciencia de esas personas ahora mismo.

Todo ese resentimiento parece evaporado, desmaldecido. Hoy falta un integrante de nuestra adolescencia, una parte del soundtrack personal. No dejo de pensar qué hará el tiempo con el elemento trágico, ya que no se puede pasar por alto todo el duelo de los fans alrededor del mundo, sus tributos, sus homenajes, sus palabras en grupos de facebook, en comentarios de twitter, etc. Me pregunto si estaremos presenciando un fenómeno parecido al de Kurt Cobain en lo que va del siglo XXI. Me pregunto si Chester se convertirá para las generaciones futuras, en otro ídolo a la altura de tantos iconos indispensables en la historia de la música. Quizás, haya que verlo.

Nota por: Emmanuel Cabeza
Fotografía por: Rafael Quecuty

Rafael Quecuty :